En 1991, el eminente profesor Pitiklinov publicó en
el Txori-Herri Medical Journal un artículo que proponía la consideración como
trastorno mental del enamoramiento y toda una serie de problemas asociados
(trastorno amoroso orgánico, fobia amorosa, amor post-traumático, trastorno
amoroso facticio, trastorno amoroso de la personalidad, etc). El artículo
defendía su inclusión como una nueva categoría diagnóstica para el DSM-IV. No
pudo ser, pero, como se verá, no descartamos que el amor entre, con todos los
honores, en el DSM-V.
En el ámbito de las dependencias, la sustitución del modelo químico por el
conductual ha permitido definir como adicciones diversas (esto es, variadas e
incluso de raíz diferente) a una amplia gama de comportamientos: la bulimia, la
compra compulsiva, el uso excesivo de internet, las líneas 906, los chats... y
ciertas conductas relacionadas con el amor. Como las más clásicas drogas, el
amor tiene sus indicaciones y su posología, y más allá de las mismas se torna
perjudicial, diríase que tóxico. A nadie le sienta mal en principio un vaso de
vino (que dicen es cardioprotector), y hay ocasiones en que un intenso dolor
hace necesaria y adecuada una dosis de morfina. Pero es pernicioso caer en el
consumo desaforado de vino o morfina: se convierte entonces el sujeto en
dependiente (o adicto). De igual manera, aunque el amor es un remedio universal
para todo tipo de dolencias (All you need is love, decían los Beatles), existen
personas que se hacen adictas a él, con lo que surgen los problemas.
Tal parece desprenderse de la línea de investigación del dr Carlos Sirvent,
profesor de la Facultad de Psicología de Oviedo y fundador del Instituto Spiral,
que habló al respecto esta semana en un curso sobre Dependencias Afectivas
organizado por el Instituto Deusto de Drogodependencias.
En una entrevista publicada en El Correo, el dr Sirvent relacionó la adicción al
amor con el concepto de dependencia emocional, a la que definía como una
fijación patológica, afectiva, de una persona respecto de otra. La adicción al
amor determinaría una fijación patológica a personas sucesivas. En palabras del
citado investigador, la adicción al amor es algo permanente, una actitud que
siempre va a facilitar la dependencia de otro. Así que un sujeto A adicto al
amor, se convierte en dependiente de un sujeto B, luego de C, posteriormente de
D, llegará a Z, y así sucesivamente hasta completar varias vueltas del
abecedario.
Los síntomas del trastorno son variados: en palabras del mismo autor en la
citada fuente, un estado de dependencia similar al de cualquier otro adicto (un
deseo irresistible de estar con el otro), un síndrome de abstinencia en ausencia
de la otra persona, un estado de subordinación con respecto a la pareja, el
pensamiento obsesivo sobre el otro, la sensación de sentirse atrapado en una
relación y no ser capaz de salir de ella, la búsqueda de sensaciones especiales
con otra persona pero de forma patológica, la incapacidad para soportar la
soledad. Son buscadores de sensaciones pero ya no disfrutan con ellas. Están
como desgastados. Pasa de alguna manera lo que con los drogadictos: llega un
momento en que la droga ya no les satisface y sólo son conscientes de su
dependencia.

En otro trabajo el dr Sirvent explica que existen dependencias relacionales con
entidad propia como las denominadas dependencias emocionales: adicción al amor,
interdependencia, dependencia afectiva, etc, y otras secundarias a trastornos
adictivos (sobre todo drogas y alcohol), como la codependencia y la
bidependencia. Un filón potencialmente inagotable para definir nuevos
trastornos.
El diagnóstico diferencial ha de plantearse, entre
otras entidades, con el enamoramiento. El dr Sirvent remarca que estar enamorado
de por sí ya supone una pérdida de control; efectivamente: todos sabemos que el
enamorado vive en otro mundo, llegando a veces a una ruptura con la realidad que
a algunos teóricos podría parecer psicótica. Pero la diferencia es cuantitativa,
al parecer: el adicto lo que quiere es perpetuar la fase de enamoramiento una y
otra vez. No sabe salir de esa fase. Tiene un deseo de hacer crónica esa etapa
de enamoramiento que normalmente dura en torno a un año. No soporta vivir con
una persona si no está en esa especie de trance apasionado. Otro posible
diagnóstico diferencial es la adicción al sexo, que en palabras del citado
autor, se da cuando el sujeto se descompensa desde el punto de vista psicosocial.
Una persona puede tener necesidad de muchas relaciones pero sin que su
comportamiento sea disonante. Se habla de adictos al sexo cuando se da esa
descompensación: gastan mucho dinero en prostitutas, su vida se ve interferida
por el sexo, pasan muchas horas en Internet... Adicto al sexo es el adicto a uno
de los componentes de la pasión. Lamentablemente, no queda claro en la
entrevista el crucial aspecto de si la referencia a Internet tiene que ver con
chats o con la comunicación con el ser amado (en cuyo caso hablaríamos de una
conducta sintomática) o si es un uso descontrolado de la red más allá de esa
comunicación (y hablaríamos entonces de una comorbilidad). Si me dejan, me
decantaría por la segunda opción, que abre vastos campos a la investigación y el
conocimiento: ¿qué características fenomenológicas, que simbología psicodinámica,
comparten internet y el amor? ¿Cuáles son los rasgos de personalidad comunes a
los adictos al amor y a la red? ¿Qué gen condiciona la susceptibilidad a ambos
trastornos? ¿Qué tiene que decir al respecto la serotonina? Lo que podría
avanzar la Ciencia...
En cuanto al pronóstico, depende de la motivación y la conciencia de problema o
enfermedad. Se recomienda un abordaje psicoterapéutico o socioterapéutico.
Sorprende que nadie haya pensado en un ISRS, o gabapentina, o topiramato, o
incluso olanzapina, a partir de cualquier razonamiento de neurociencia ficción (serotonina
como neurotransmisor de la afectividad, “reguladores del humor” para el
descontrol impulsivo). La intervención convencional que recomienda Sirvent es
una terapia de grupo de año y medio de duración durante 90 minutos semanales. Es
de esperar que no tenga como efectos secundarios que los pacientes establezcan
entre sí o con los terapeutas lazos de codependencia emocional. Si algún lector
se siente reflejado en la descripción del cuadro, puede acudir a dos páginas
divulgativas interesantes: ¿Amor o adicción? y ¿Sufres de adicción al amor?.
Incluso puede detenerse en el Autoexamen de la Adicción al Amor que, con todo
respeto, evoca los tests de características de personalidad de los suplementos
dominicales de los periódicos.
La relación del amor, el para-amor y el desamor con la psicopatología es clásica
y tiene sólidos fundamentos. La erotomanía, la celotipia, el trastorno límite de
la personalidad, son ejemplos de entidades relacionadas las no siempre bien
dirigidas flechas de Cupido. No niega uno que en determinadas personas haya un
sufrimiento o una conducta problemática para terceros derivada de una pasión
amorosa desenfocada, pero de ahí a crear, entidades hay un amplio trecho. Aunque
el dr Sivent y el IDD aclaran que no debe confundirse el amor con las
dependencias relacionales, se corre el riesgo de favorecer insensateces y abusos
allá donde las diferencias entre la “salud” y la “enfermedad” o el “trastorno” o
el “problema” sean cuantitativas y no cualitativas y allá donde se empleen con
generosidad los términos psicopatológicos o nosológicos para nombrar cualquier
problema. No se debe echar gasolina al fuego de una Psiquiatría omnicomprensiva.
En 1991, el eminente profesor Pitiklinov publicó en el Txori-Herri Medical
Journal un artículo que proponía la consideración como trastorno mental del
enamoramiento y toda una serie de problemas asociados (trastorno amoroso
orgánico, fobia amorosa, amor post-traumático, trastorno amoroso facticio,
trastorno amoroso de la personalidad, etc). El artículo defendía su inclusión
como una nueva categoría diagnóstica para el DSM-IV. No pudo ser, pero, como se
verá, no descartamos que el amor entre, con todos los honores, en el DSM-V.
En el ámbito de las dependencias, la sustitución del modelo químico por el
conductual ha permitido definir como adicciones diversas (esto es, variadas e
incluso de raíz diferente) a una amplia gama de comportamientos: la bulimia, la
compra compulsiva, el uso excesivo de internet, las líneas 906, los chats... y
ciertas conductas relacionadas con el amor. Como las más clásicas drogas, el
amor tiene sus indicaciones y su posología, y más allá de las mismas se torna
perjudicial, diríase que tóxico. A nadie le sienta mal en principio un vaso de
vino (que dicen es cardioprotector), y hay ocasiones en que un intenso dolor
hace necesaria y adecuada una dosis de morfina. Pero es pernicioso caer en el
consumo desaforado de vino o morfina: se convierte entonces el sujeto en
dependiente (o adicto). De igual manera, aunque el amor es un remedio universal
para todo tipo de dolencias (All you need is love, decían los Beatles), existen
personas que se hacen adictas a él, con lo que surgen los problemas.

Tal parece desprenderse de la línea de investigación del dr Carlos Sirvent,
profesor de la Facultad de Psicología de Oviedo y fundador del Instituto Spiral,
que habló al respecto esta semana en un curso sobre Dependencias Afectivas
organizado por el Instituto Deusto de Drogodependencias.
En una entrevista publicada en El
Correo, el dr Sirvent relacionó la adicción al amor con el concepto de
dependencia emocional, a la que definía como una fijación patológica, afectiva,
de una persona respecto de otra. La adicción al amor determinaría una fijación
patológica a personas sucesivas. En palabras del citado investigador, la
adicción al amor es algo permanente, una actitud que siempre va a facilitar la
dependencia de otro. Así que un sujeto A adicto al amor, se convierte en
dependiente de un sujeto B, luego de C, posteriormente de D, llegará a Z, y así
sucesivamente hasta completar varias vueltas del abecedario.
Los síntomas del trastorno son variados: en palabras del mismo autor en la
citada fuente, un estado de dependencia similar al de cualquier otro adicto
(un deseo irresistible de estar con el otro), un síndrome de abstinencia en
ausencia de la otra persona, un estado de subordinación con respecto a la
pareja, el pensamiento obsesivo sobre el otro, la sensación de sentirse atrapado
en una relación y no ser capaz de salir de ella, la búsqueda de sensaciones
especiales con otra persona pero de forma patológica, la incapacidad para
soportar la soledad. Son buscadores de sensaciones pero ya no disfrutan con
ellas. Están como desgastados. Pasa de alguna manera lo que con los drogadictos:
llega un momento en que la droga ya no les satisface y sólo son conscientes de
su dependencia.
En otro trabajo el dr Sirvent explica que existen dependencias relacionales con
entidad propia como las denominadas dependencias emocionales: adicción al amor,
interdependencia, dependencia afectiva, etc, y otras secundarias a trastornos
adictivos (sobre todo drogas y alcohol), como la codependencia y la
bidependencia. Un filón potencialmente inagotable para definir nuevos
trastornos.
El diagnóstico diferencial ha de plantearse, entre otras entidades, con el
enamoramiento. El dr Sirvent remarca que estar enamorado de por sí ya supone
una pérdida de control; efectivamente: todos sabemos que el enamorado vive
en otro mundo, llegando a veces a una ruptura con la realidad que a algunos
teóricos podría parecer psicótica. Pero la diferencia es cuantitativa, al
parecer: el adicto lo que quiere es perpetuar la fase de enamoramiento una y
otra vez. No sabe salir de esa fase. Tiene un deseo de hacer crónica esa etapa
de enamoramiento que normalmente dura en torno a un año. No soporta vivir con
una persona si no está en esa especie de trance apasionado. Otro posible
diagnóstico diferencial es la adicción al sexo, que en palabras del citado
autor, se da cuando el sujeto se descompensa desde el punto de vista
psicosocial. Una persona puede tener necesidad de muchas relaciones pero sin que
su comportamiento sea disonante. Se habla de adictos al sexo cuando se da esa
descompensación: gastan mucho dinero en prostitutas, su vida se ve interferida
por el sexo, pasan muchas horas en Internet... Adicto al sexo es el adicto a uno
de los componentes de la pasión. Lamentablemente, no queda claro en la
entrevista el crucial aspecto de si la referencia a Internet tiene que ver con
chats o con la comunicación con el ser amado (en cuyo caso hablaríamos de una
conducta sintomática) o si es un uso descontrolado de la red más allá de esa
comunicación (y hablaríamos entonces de una comorbilidad). Si me dejan, me
decantaría por la segunda opción, que abre vastos campos a la investigación y el
conocimiento: ¿qué características fenomenológicas, que simbología psicodinámica,
comparten internet y el amor? ¿Cuáles son los rasgos de personalidad comunes a
los adictos al amor y a la red? ¿Qué gen condiciona la susceptibilidad a ambos
trastornos? ¿Qué tiene que decir al respecto la serotonina? Lo que podría
avanzar la Ciencia...
En cuanto al pronóstico, depende de la motivación y la conciencia de problema o
enfermedad. Se recomienda un abordaje psicoterapéutico o socioterapéutico.
Sorprende que nadie haya pensado en un ISRS, o gabapentina, o topiramato, o
incluso olanzapina, a partir de cualquier razonamiento de neurociencia ficción (serotonina
como neurotransmisor de la afectividad, “reguladores del humor” para el
descontrol impulsivo). La intervención convencional que recomienda Sirvent es
una terapia de grupo de año y medio de duración durante 90 minutos semanales. Es
de esperar que no tenga como efectos secundarios que los pacientes establezcan
entre sí o con los terapeutas lazos de codependencia emocional. Si algún lector
se siente reflejado en la descripción del cuadro, puede acudir a dos páginas
divulgativas interesantes: ¿Amor o adicción?
y ¿Sufres de adicción al amor?. Incluso puede detenerse en
el Autoexamen de la Adicción al Amor
que,
con todo respeto, evoca los tests de características de personalidad de los
suplementos dominicales de los periódicos.
La relación del amor, el para-amor y el desamor con la psicopatología es clásica
y tiene sólidos fundamentos. La erotomanía, la celotipia, el trastorno límite de
la personalidad, son ejemplos de entidades relacionadas las no siempre bien
dirigidas flechas de Cupido. No niega uno que en determinadas personas haya un
sufrimiento o una conducta problemática para terceros derivada de una pasión
amorosa desenfocada, pero de ahí a crear, entidades hay un amplio trecho. Aunque
el dr Sivent y el IDD aclaran que no debe confundirse el amor con las
dependencias relacionales, se corre el riesgo de favorecer insensateces y abusos
allá donde las diferencias entre la “salud” y la “enfermedad” o el “trastorno” o
el “problema” sean cuantitativas y no cualitativas y allá donde se empleen con
generosidad los términos psicopatológicos o nosológicos para nombrar cualquier
problema. No se debe echar gasolina al fuego de una Psiquiatría omnicomprensiva.
FUENTE:
ome-aen.org

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